Dante y Petrarca, una relación compleja.

Por: César Belan

Para Platón, la amistad es la forma más excelsa de amor entre los hombres. Nace de la admiración, es decir de la contemplación y complacencia en las virtudes del Otro, aquellas que si bien son limitadas en cualquier ser humano, remiten al Bien absoluto: objeto final de nuestra inteligencia. La amistad también implica, un cor a cor loquitor: un diálogo constante y sublime entre los corazones. Este diálogo, tan caro entre los grandes sabios de la antigüedad, se prolongó más allá del tiempo y espacio en la Edad Media, y se cultivó in absentia mediante la ficción literaria en esta época. El fruto más grande de este diálogo entre las almas más sublimes de todas las edades será la Comedia dantesca; composición mediante la cual el gran Dante Alighieri perpetuó una amistad imposible con sus grandes referentes, comenzando por Virgilio.

La admiración y la búsqueda de referentes clásicos será, pues, el sello del llamado Renacimiento Italiano de los ss. XV y XV; movimiento que tuvo como precursores a los grandes toscanos: Dante Alighieri, Francesco Petrarca y Giovanni Bocaccio. El legado literario de estas tres cumbres de la literatura universal es, a la vez, una seguidilla de homenajes y un diálogo fecundo con su tradición y con los maestros que los precedieron. No obstante, su admiración no estuvo dirigida únicamente a esas mentes extintas y separadas de ellos por siglos de historia. No. Los tres grandes italianos reconocieron, agradecieron y cultivaron una fecunda amistad con sus contemporáneos, y también entre ellos. Sus obras, cartas y encuentros dan testimonio de ello. Estas breves líneas, escritas en homenaje al gran Dante por los 700 años de su muerte, versarán sobre la curiosa relación que mantuvo Petrarca con el gran poeta florentino.

 

Dante y Petrarca, una vieja historia.

Francesco Petrarca nació en Arezzo en 1304, casi 40 años después de Dante, sin embargo, casi desde su nacimiento estuvo ligado a él. El padre de Petrarca, Pietro de Parenzo –apodado Petracco–, fue un notario florentino amigo de Dante y güelfo blanco como él. A ambos los uniría la amistad y el infortunio político. Al igual que Dante, a Petracco le esperaría el destierro en Arezzo por parte de los güelfos negros. Es allí donde nacería Petrarca y viviría brevemente, para luego trasladarse a Aviñón cuando su padre alcanzó un cargo de funcionario papal. Será en la cosmopolita Aviñón –la “Babilonia” de su época, tal como Petrarca la llamó– en la que él conoció a su amada Laura, musa absoluta de su pluma. No obstante su condición de aretino y de la infancia y juventud vivida en Aviñón, Petrarca siempre se consideró un florentino como Dante. Ello a pesar que recién conoció aquella ciudad en sus años adultos, en 1348, y vivió desligado de las conjuras políticas de las comunas italianas que obsesionaron a Dante y a su padre. Así pues, el cosmopolita Petrarca (tan cosmopolita como la Aviñón que criticaba tan ácidamente) hizo de Florencia un lugar mítico de origen, su espacio simbólico de identidad.

A diferencia de la intensa relación con Bocaccio, quien a decir de Billanovich se consideró su más grande admirador y mayor discípulo, y que cultivó desde 1350 hasta el fin de sus días, Petrarca conoció a Dante fundamentalmente por la memoria familiar y sus lecturas. Solo lo vio por única vez en 1311, en Pisa, cuando su padre deambulaba por la Italia meridional luego de su exilio. Este evento ha sido reseñado ampliamente por G. Indizio. Para esa época Dante había cambiado su posición política. Progresivamente se había aproximado al partido imperial después de la ascensión de Enrique VII de Luxemburgo al trono. Dante, que para ese entonces soñaba con la restauración del Imperio Romano, fue a Pisa (bastión gibelino en Toscana) a dar encuentro a Enrique, quien había iniciado una expedición a Italia para restaurar la autoridad imperial. En ese año la familia de Petrarca había mudado su domicilio de Arezzo a Pisa. Sería allí, según testimonio del propio Petrarca a Bocaccio, que vio por primera y única vez al gran florentino, cuando tenía 7 años y medio.

 

Odi et amo, de la admiración a la crítica.

Como señalan M. Feo y P. Trovato, la relación de Petrarca frente a Dante fue compleja, no estuvo exenta de crítica, e incluso de cierta envidia.

En medio de su obsesiva búsqueda de la perfección formal, Petrarca no escatimó críticas a los cultores del estilnovismo y a Dante en particular. A diferencia de la devoción profesada a los referentes clásicos, especialmente Cicerón, Petrarca se haría famoso por los prejuicios que mantenía contra la cultura de su propia época, a la que no escatimará censuras. En una de sus cartas sentencia: «Entre muchas cosas, me dedique especialmente al conocimiento del mundo antiguo, ya que esta edad presente nunca me gustó, hasta el punto que, si el amor a los míos no me lo impidiera, siempre hubiera deseado nacer en cualquier época y olvidar esta». Entre las críticas realizadas a sus contemporáneos abundarán las que se refieren a las inexactitudes y mistificaciones de la historia antigua que Petrarca buscaba erradicar mediante su erudición filológica. Dante será blanco de esos reproches al cuestionar, por ejemplo, su interpretación tradicional de Dido, de quien Petrarca rechaza su mítico enlace con Eneas.

Más allá de la renovación en la forma que desencadenó Petrarca, específicamente él se desligará cada vez más de la perspectiva teológica y teológica de Dante, como lo mencionó con acierto G. Cappelli. Entrambos se puede situar la ruptura entre un humanismo incipiente y progresivamente desligado del cristianismo, y de una cultura medieval que desde el s. XII redescubre lo clásico, y que tiene en la Comedia de Dante su ápice.

A pesar del ánimo crítico y poco condescendiente a su tiempo que embargaba a Petrarca, no pudo dejar de halagar al gran florentino. La sombra el gran Dante pesaba lo suficiente como para no hacerlo de manera explícita, ya que –en un absceso de envidia, según algunos– siempre disimuló su vasto conocimiento de la obra de Dante. Con todo, reconoció a florentino entre su círculo íntimo, llamándolo de «Guía de nuestro idioma vulgar» en las cartas dirigidas a sus amigos. En una dirigida a Bocaccio en 1359, testimonió su veneración de esta manera:

«Nunca admiraremos y alabaremos lo bastante a este hombre, a quien la injusticia de sus conciudadanos, ni la pobreza, ni las enemistades personales, ni el amor a su esposa, ni el camino hacia sus hijos fueron capaces de apartarle del camino que él se había trazado, mientras tantos otros de espíritu elevado suelen tener un carácter tan voluble que un simple murmullo es capaz de disuadirlos de su propósito más firme e íntimo. Y esto, precisamente, les suele ocurrir a los que utilizan la pluma, a esos que, además de los pensamientos y las palabras, cuidan también la estructura de las frases, y por tanto necesitan más que otros calma y tranquilidad… Créeme: el estilo y el ingenium de este hombre me fascinan, y todo cuanto se diga de él es poco. A todos cuanto me han pedido pidiéndome una respuesta correcta, les he dicho simplemente: no hay nadie como él. Dante destaca sobre todo por su poesía en lenguaje popular, y raya mucho más alto que en sus composiciones en latín, ya sean en verso o prosa».

A diferencia de sus testimonios, su obra resulta evidencia ineludible de la admiración debida a Alighieri. Como ha podido advertir cualquiera que esté familiarizado con la divina Comedia, los Triunfos de Petrarca (su obra cumbre, y más famosa luego del Cancionero) se inspiran y adeudan mucho a la inmortal obra de Dante. De hecho, Petrarca, a pesar de sí mismo, homenajea a Dante con sus Triunfos. Algo que valdrá la pena desarrollar con profundidad en otro artículo.

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